prácticas en empresas:
guía para su utilización

Bolonia y la actualidad de las prácticas en empresas

La implantación del controvertido “plan Bolonia” (o proceso de modificación del sistema universitario español para su adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior –EEES–) va a suponer, sin duda, un claro avance en la generalización de las prácticas de los universitarios en empresas –o prácticas preprofesionales en general–, fundamentalmente por dos motivos:

El primero de ellos es que ahora se invita a las universidades a implantar en sus planes de estudios unas prácticas con reconocimiento académico pleno, con duración suficiente y con una ubicación temporal adecuada. En efecto, el Real Decreto 1393/2007 posibilita la implantación de prácticas de hasta 60 créditos ECTS en los estudios de grado y deja igualmente abierta la posibilidad de incluir prácticas externas en los estudios tipo máster. Teniendo en cuenta que la carga académica de un curso académico completo se ha establecido en 60 créditos, se puede pues pensar en prácticas de hasta un año de duración. La cuestión de la duración adecuada, ni excesiva ni demasiado corta, es esencial para la calidad potencial de unas prácticas preprofesionales. Hemos de ver la estancia de prácticas como un proceso que requiere de tiempo suficiente si se quieren conseguir objetivos formativos y de inserción laboral de cierto calado.

El segundo motivo por el cual se puede esperar que las prácticas mejoren de ahora en adelante es el énfasis que se está poniendo en el diseño de sistemas de garantía de calidad paralelos a los propios planes de estudios. En este sentido, la situación que se está pergeñando en relación con las prácticas representa un claro avance respecto a la anterior. Así, en el protocolo de evaluación para la verificación de los títulos universitarios oficiales elaborado por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) se afirma que “en el caso de un grado o máster de carácter profesional, será especialmente importante el planteamiento de prácticas profesionales adecuadas, así como el establecimiento de convenios de colaboración con empresas y otras instituciones para la realización de dichas prácticas.” Se exige igualmente que se expliciten las competencias a adquirir, y su forma de evaluación, a través de las prácticas (siempre que estén incluidas en el plan), y, lo más importante, que se especifique el “Sistema de Garantía de Calidad” que afectará a las prácticas externas. En concreto, la universidad deberá “establecer cómo revisará el desarrollo del plan de estudios (objetivos, competencias, planificación,…) a partir de la aplicación de mecanismos y procedimientos adecuados, que se apliquen periódicamente para la recogida y análisis de información sobre la calidad de las prácticas externas”, entre otras actividades.

En este enmarañado proceso “boloñés” a veces se difunden ideas negativas en relación con una supuesta “mercantilización” de la universidad, algunas relacionadas con la “explotación” de los estudiantes a través de las prácticas. No obstante, tras las ya casi tres décadas transcurridas desde la promulgación del decreto del año 1981 que autorizaba este tipo de actividades, hemos aprendido que las prácticas son un excelente mecanismo de formación –como veremos a continuación–, con aportaciones genuinas, y que mejoran notablemente la empleabilidad de los estudiantes y su consiguiente inserción laboral. Pero para que estos beneficios puedan obtenerse es necesario hacer “una buena práctica de las prácticas”. Cada universidad, cada centro de enseñanza, ha de tomar las medidas necesarias para llevar a cabo una adecuada gestión y control de esta actividad. Otras múltiples instancias han de implicarse igualmente en el correcto desarrollo de las prácticas, cada una en el ámbito de sus competencias (ministerios directamente afectados, Comunidades Autónomas, agentes sociales, etc.). Pero, en definitiva, el éxito de las prácticas, en términos de consecución de los objetivos para los que están pensadas, seguirá siempre dependiendo esencialmente de la actitud con que los estudiantes las realicen. Este artículo pretende ser útil para favorecer un adecuado posicionamiento personal antes de la experiencia de las prácticas.


La importancia decisiva de las prácticas
en el último tramo de los estudios

Bajo diferentes denominaciones –prácticas en empresas, programas de cooperación educativa, prácticum, pasantías, formación en centros de trabajo, etc.–, las prácticas en empresas han cobrado un peso decisivo en los currículos de los estudiantes, hasta el punto de haberse convertido ya en una actividad imprescindible para la inserción en el mundo laboral. Las prácticas se contemplan como un elemento esencial y un complemento necesario en la formación inicial que, con vistas al ejercicio profesional, debe proporcionar la facultad, la escuela o el instituto.

Numerosos estudios realizados en los últimos años ponen en evidencia que las prácticas actúan como una pasarela que comunica al estudiante con el primer empleo. La proliferación de programas de prácticas ha dado lugar a la aparición de un auténtico mercado de oportunidades –paralelo al del empleo– para los estudiantes deseosos de un primer contacto con el mundo del trabajo. Posibilidad de completar la formación y posibilidad de acceder a un primer puesto de trabajo como desembocadura natural de la estancia formativa, son los atractivos específicos de las prácticas.


¿Qué se aprende a través de las prácticas?

¿Cuáles son los beneficios, en concreto, que puede reportar a los estudiantes la realización de prácticas externas a la universidad o al instituto?

  • Es un tópico –que, como todos los tópicos, se sustenta en una parte de la realidad– decir que el mundo académico tiene un sesgo excesivamente teórico. Muchas veces se centra en la transmisión de un volumen excesivo de conocimientos: parodiando al clásico, se diría que el objetivo fuera conseguir cabezas “bien llenas” y no bien hechas. Se trabaja poco sobre situaciones reales que posibiliten la aplicación de esos conocimientos y el desarrollo de las capacidades y actitudes adecuadas al medio laboral; la adquisición de competencias profesionales, en suma. Se prima el memorismo en la evaluación, se fomentan escasamente la participación, la crítica, la reflexión, la colaboración con otros, la expresión oral y escrita del propio pensamiento, etc. En definitiva, un planteamiento rígido y academicista que tiene poco que ver con los requerimientos que plantea hoy el mundo del trabajo. De ahí la necesidad de las prácticas, pues permiten a los estudiantes realizar múltiples aprendizajes genuinos y exclusivos de esta actividad:

  • Aplicar en un contexto real los conocimientos adquiridos en las aulas y laboratorios universitarios.

  • Completar la formación con conocimientos prácticos adicionales relacionados con las salidas profesionales de los estudios.

  • Confrontarse con situaciones complejas e inciertas, tal como se dan en el día a día de las organizaciones; situaciones que permiten abordajes múltiples, situaciones que requieren de aproximaciones interdisciplinares, de imaginación, de creatividad y de flexibilidad para concebir e implementar las soluciones.

  • Conocer de primera mano –no simplemente de forma relatada– los condicionantes presentes actualmente en el mundo del trabajo: competitividad y calidad, globalización, preocupación por la eficiencia, etc., y las competencias que los profesionales han de poner en juego para triunfar en este medio: correcta administración del tiempo y de otros recursos limitados, capacidad de relación con compañeros, clientes y proveedores, capacidad de comunicación y de trabajo en equipo, capacidad para la toma de decisiones en contextos de incertidumbre, necesidad de innovar y de actualizar permanentemente los conocimientos, etc.

  • Aprender a “saber estar” y “saber ser”, quizás el más valioso de los aprendizajes que proporcionan las prácticas, el más genuino. Las prácticas actúan como un mecanismo de socialización laboral que posibilita la integración del estudiante en un mundo nuevo para él, a través de la observación, la reproducción y la adaptación al estilo propio de las sutiles conductas y actitudes que configuran la compleja noción de competencia profesional.


La puerta hacia el primer empleo

A través de los programas de prácticas los estudiantes acceden a mecanismos explícita o implícitamente montados por las empresas para la captación de personal. Frente a las dos clásicas alternativas utilizadas para cubrir un puesto, la promoción interna y el reclutamiento externo, ha cobrado cada vez mayor fuerza una tercera vía mixta: la selección de personal a través de las prácticas. Las ventajas de esta forma de selección son claras:

  • No se basa en un pronóstico, más o menos fiable –y más o menos arriesgado– sino en la prueba prolongada y en contexto real del candidato, de forma que se pueden constatar sus cualidades y si encaja o no en la organización de que se trate.

  • Las personas reclutadas por esta vía son operativas en un plazo menor de tiempo, dado que ya han recibido formación específica en la propia empresa y conocen su cultura.

  • Se trata de una prueba sin compromiso, dado que durante las prácticas no existen vínculos laborales entre los estudiantes y las empresas (así lo establece la ley: los estudiantes se están formando, no están trabajando).

  • Se trata de un procedimiento muy eficiente, si se realiza un balance de coste y resultados.

Las empresas deben invertir notables recursos para poner a los recién titulados en situación de operatividad, por ello no es extraño que, si pueden elegir, se inclinen por los candidatos que ya posean algo de experiencia. De ahí el interés de realizar prácticas en el tramo final de los estudios. Por otro lado, en un mercado dominado por la contratación temporal, la rápida adaptación al puesto de trabajo –en términos de integración y de resultados– se convierte, obviamente, en una cuestión de supervivencia. Además, ¿quién duda de que es mejor pasar por el “trauma” del choque con el mundo laboral bajo la condición de estudiante en prácticas que como titulado a prueba con un contrato temporal?

Está constatado desde hace ya mucho tiempo que la realización de unas buenas prácticas al final de los estudios permite romper el círculo vicioso que atrapa al recién titulado que no consigue un primer empleo por carecer de experiencia y no puede adquirirla porque no consigue un primer empleo. Las virtualidades de las prácticas como mecanismo facilitador de la inserción laboral y como dispositivo de orientación profesional son, en síntesis:

  • Permiten adquirir una experiencia profesional que representa un valor añadido a ojos de los empleadores y que, por tanto, sitúan al recién titulado en una posición ventajosa frente a otros candidatos a un primer empleo.

  • Gracias a la estancia en la empresa, el estudiante puede hacerse una idea ajustada y realista sobre la situación del mercado de trabajo: puestos y perfiles más demandados, situación de las compañías más conocidas en su sector, nuevos “yacimientos” y segmentos de empleo, sectores más dinámicos o en recesión, etc.

  • Gracias a las relaciones personales que establece en la empresa, el estudiante articula una red de contactos personales que resultarán decisivos a la hora de conseguir un primer empleo; estas personas, con las que habrá convivido en el centro de trabajo, podrán facilitarle oportunidades y proporcionarle valiosas referencias de las que hacer uso en los procesos de selección.

  • El estudiante puede confrontar sus expectativas –casi siempre idealizadas– con la realidad de determinados puestos o especialidades profesionales, lo que le permite ratificarse en sus intereses iniciales o reorientarse, si fuera el caso, hacia otros campos de actividad.

  • El estudiante toma conciencia de qué tipo de competencias y conocimientos son más valorados por las empresas y puede reforzarlos si es necesario (idiomas, informática, comunicación oral y escrita, etc).

  • La búsqueda de prácticas, por último, pero no menos importante, representa el mejor ensayo posible para la búsqueda de empleo (son los mismos procedimientos y personas de contacto); un paso trascendental al que habrá que enfrentarse al cabo de muy poco tiempo y al que se suele llegar con escasa preparación.


La prospección: buscando prácticas

La estrategia y el procedimiento de búsqueda de unas prácticas no difieren, en esencia, de los propios de la búsqueda de un empleo: reflexión y clarificación de intereses, autoanálisis de puntos fuertes y puntos débiles, identificación de potenciales destinatarios de la solicitud, preparación y envío del currículum vitae y la carta de presentación/motivación, seguimiento de las peticiones, realización de entrevistas, tests y cuestionarios, negociación de las condiciones, etc.

En esta misma Guía se explica en detalle cómo abordar con solvencia ese proceso, por lo que no reiteraremos los consejos. Lo que haremos es traducir esas orientaciones a la situación específica de la búsqueda de prácticas por un estudiante:

  • Lo normal, y lo lógico, es que el currículum vitae de un estudiante no ocupe más de una cara; la cualidad de “ir al grano” es muy apreciada en el contexto laboral, a menudo tan sobrecargado.

  • Debe indicarse en la cabecera la titulación y especialidad académica.

  • Debe incluirse una fotografía en color escaneada en el CV, y cuidar mucho la presentación del mismo, puesto que es nuestra tarjeta de visita; nada habla mejor de nuestra afición y conocimientos informáticos que una presentación atractiva y original, aunque sin caer en estridencias.

  • No hay que olvidar informar al final, en un apartado que se puede denominar “Otras actividades e intereses”, sobre la forma en que se ocupa el tiempo libre. En los procesos de selección cuentan cada vez más las características personales de los candidatos. Para muchos cuentan tanto como un buen expediente académico. Lo que más se valora son las actividades que implican capacidad para colaborar con otros, dotes de organización, apertura de mente, iniciativa, capacidad de asumir responsabilidades, espíritu positivo y curiosidad intelectual (léase deportes de equipo, afición por los viajes, participación en asociaciones, capacidad de concebir proyectos y de ejecutarlos, interés por el desarrollo personal, etcétera). En cualquier caso, se debe ser sincero sobre estas cuestiones.

  • Puede adjuntarse el expediente académico al CV siempre que esa información favorezca al candidato (no es necesario empezar declarando en contra de uno mismo… ). En caso contrario, lo mejor es esperar a que sea solicitado y tener preparados los argumentos oportunos para explicar una trayectoria académica no impecable. En todo caso, conviene adjuntar información sobre el plan de estudios que se sigue (no hay que dar por supuesto que se conoce), sus especialidades, salidas profesionales típicas, actividades profesionales y funciones para las que capacita, etc.

  • La carta de motivación debe traslucir eso, motivación, e indicar que el estudiante espera dar algo a cambio de la atención y la beca que persigue; es decir, que está convencido de que su presencia puede ser también de alguna utilidad para la empresa que le reciba.

Ya pensando en la búsqueda propiamente dicha de la estancia de prácticas, los pasos recomendables son los siguientes:

  • Empezar por estudiar con atención las ofertas que contiene esta Guía; se trata de empresas seleccionadas y especialmente predispuestas para esta forma de colaboración con el mundo académico y también servirá para obtener una visión general sobre el mercado de las prácticas: duración deseable de las estancias, titulaciones y especialidades más demandadas, perfiles requeridos (por ejemplo, conocimientos de informática y nivel de idiomas), becas y otro tipo de ayudas previstas, etc.

  • Recurrir al centro de estudios: facultad, escuela, instituto. En los centros se reciben ofertas de prácticas (bien es verdad que en unos más que en otros, en función de las titulaciones; aquí rigen las mismas tendencias que en el mercado laboral); consultar periódicamente los tablones de anuncios y la página web; en muchas ocasiones existen en los centros servicios o departamentos que se ocupan de la concertación de estas actividades, lo cual puede representar una gran ayuda para los alumnos; esta información suele estar en la documentación que se recibe al matricularse y en el sitio web, y hay que tener en cuenta que quizás no se denomine específicamente servicio de prácticas, sino servicio de empleo, de orientación laboral y profesional o algo similar.

  • Los profesores, especialmente los de los últimos cursos y los de las asignaturas más aplicadas, suelen ser una vía muy eficaz para encontrar prácticas, la mayoría disponen de buenos contactos en empresas de su especialidad, y qué duda cabe que también allanará mucho el camino que la candidatura del estudiante vaya acompañada del aval de un profesor.

  • En los servicios centrales de las universidades se encuentran los COIE y similares –Centros de Orientación e Información sobre el Empleo–, una de cuyas funciones es gestionar los programas de Cooperación Educativa (los programas de prácticas, en la terminología oficial universitaria). También ofrecen orientación profesional –formación en técnicas de búsqueda de empleo, por ejemplo– y disponer de información sobre las empresas (listados, anuarios). Los COIE se pueden ocupar de formalizar el correspondiente Convenio de Cooperación Educativa cuando la beca de prácticas se concreta, aunque en algunos casos estos trámites pueden hacerse también sin salir del propio centro universitario.

  • Entidades como las fundaciones Universidad-Empresa cuentan también con servicios destinados a gestionar prácticas en empresas y convocatorias de programas propios.

  • Hay que prestar atención a las convocatorias de programas de prácticas internacionales como las que se realizan al amparo del programa Erasmus, de la Unión Europea, u otras que permiten la realización de prácticas en otros países.

La búsqueda directa de las prácticas es siempre aconsejable por lo que denota de iniciativa en el estudiante (una cualidad muy apreciada en los candidatos a un empleo). ¿Cómo proceder en este caso?

  • Empezar por hacerse con un buen listado de las empresas relacionadas con la especialidad académica propia, por ejemplo en la Cámara de Comercio e Industria más cercana.

  • Consultar alguno de los múltiples anuarios de empresas existentes, generales y sectoriales; son de especial interés los que editan las asociaciones y colegios profesionales (es normal que los antiguos alumnos de una misma titulación o centro se muestren especialmente proclives a favorecer a un futuro colega).

  • Enviar la solicitud de prácticas con suficiente antelación (con dos o cuatro meses puede bastar, y hasta seis u ocho en el caso de pretender unas prácticas en el extranjero).

  • Preguntar a familiares y amigos sobre la posibilidad de que puedan ayudarnos a conseguir unas prácticas. En general, las empresas consideran parte de su política social la concesión de becas de prácticas a hijos y allegados de sus empleados, y, nos guste o no, en España el acceso al empleo se sigue haciendo en gran parte en clave de contactos personales.

Qué dice la ley sobre las prácticas de los estudiantes universitarios

En España, las prácticas de los estudiantes universitarios en empresas están reguladas por el Real Decreto 1497/1981, de 19 de junio, sobre Programas de Cooperación Educativa y por el R.D. 1845/1994, de 9 de septiembre, que adapta el anterior a los términos propios de los planes de estudios diseñados tras la reforma general universitaria implantada en los años noventa. Por supuesto, al plantear una solicitud de prácticas, y al negociarlas, hay que tener en cuenta estas disposiciones legales, procurando al tiempo configurar la estancia de la forma más provechosa para el estudiante y, por una cuestión estratégica, más interesante para la empresa. Los aspectos más importantes a tener en cuenta, son los siguientes:

  • Pueden realizar prácticas los estudiantes universitarios que hayan aprobado el cincuenta por ciento de los créditos de la titulación.

  • Las prácticas pueden durar como máximo el equivalente al cincuenta por ciento del tiempo íntegro que constituye el curso académico; es decir, seis meses (aunque algunas universidades hacen otras interpretaciones más restrictivas de este precepto legal, abundando la idea, por ejemplo, de que las prácticas pueden tener una duración máxima de quinientas horas). En cualquier caso hay que tener en cuenta que las empresas están interesadas en periodos mínimos de alrededor de tres meses de duración, con tendencia a prolongarse hasta los seis o incluso durante todo el curso a tiempo parcial. Ojo con solicitar estancias excesivamente cortas, las prácticas no son “turismo empresarial”; las estancias de uno o dos meses son vistas por las empresas como una especie de visitas engorrosas y, en consecuencia, se corre el riesgo de sentirse “aparcado”, pues lógicamente nadie desea invertir tiempo en enseñar a una persona que va a estar tan poco tiempo en la empresa.

  • Los estudiantes universitarios menores de veintiocho años en el momento de matricularse disponen del Seguro Escolar (la Seguridad Social de los estudiantes). Este seguro cubre los riesgos de accidente o enfermedad durante las prácticas, aunque las prestaciones no están demasiado claras, pues se regula por un reglamento muy obsoleto. Por este motivo, muchas universidades, y algunas empresas (sobre todo las grandes) disponen de seguros colectivos para los estudiantes en prácticas.

  • Es relativamente frecuente (depende mucho de los sectores de actividad) que las empresas concedan a los estudiantes ayudas económicas, de diversa cuantía, para realizar las prácticas. Ello está previsto en los decretos anteriormente citados bajo la denominación de “bolsas o ayudas al estudio” (lo que todos entendemos como una beca). Pero no hay que equivocarse, se trata de una “ayuda” y no de una remuneración o contraprestación (sería un importante error conceptual que nos trasladaría al ámbito de lo laboral, terreno reservado hasta la completa finalización de los estudios). La filosofía de estas “ayudas”, “bolsas” o becas debe estar clara: se trata de que, en la medida de lo posible, al estudiante no le cueste dinero hacer las prácticas. Como en cualquier actividad humana, las tergiversaciones son posibles y hay que estar vigilantes: se dan casos en los que se incurre en desviaciones indeseables de las finalidades de las prácticas, degenerando en situaciones que podríamos calificar de subempleo; cuando esto ocurre hay que ponerlo en conocimiento del centro académico para que puedan tomarse las oportunas medidas correctoras.

  • Según la ley española, la realización de prácticas –y esto es muy importante– no entraña el establecimiento de relación laboral alguna entre el estudiante y la entidad que le acoge. Las condiciones estipuladas para la estancia se plasman en un convenio, que es el equivalente, en el plano no laboral, del contrato (ojo: las prácticas que realizan los estudiantes son algo completamente distinto, por su naturaleza legal, de los contratos de prácticas para titulados). Los servicios de prácticas-empleo de las universidades y entidades como las fundaciones Universidad-Empresa asesoran sobre estas cuestiones.


Enfocando adecuadamente las prácticas

Los principales aspectos a tener en cuenta, pensando en el adecuado enfoque de las prácticas, son los siguientes:

  • ¿Empresa grande o pequeña? La eterna duda: cabeza de ratón o cola de león. Las prácticas en las pymes se prestan a la polivalencia, a hacer un poco de todo en función de las necesidades que vayan surgiendo. En las grandes es más fácil tener una experiencia de especialización, al haber más posibilidades de ser encuadrado en un departamento con las funciones bien delimitadas. En general, los estudiantes suelen preferir las empresas grandes, probablemente porque “visten” más el currículum, pero hay que ser conscientes de que donde suelen existir más oportunidades de empleo posterior es en las “pymes” (además, las grandes empresas, las que conoce todo el mundo, suelen tener demasiados pretendientes).

  • ¿Durante el verano o durante el curso? Cada época presenta ventajas e inconvenientes. En contra del verano: que en algunos sectores la actividad está ralentizada –aunque en otros ocurra exactamente lo contrario–; que quienes han de desempeñar el papel de tutores pueden estar de vacaciones durante parte de la estancia; y que las estancias son demasiado cortas, pues sólo pueden durar un par de meses. A favor: que para muchos estudiantes es el único momento del año en el que pueden realizar prácticas a tiempo completo o fuera de su localidad de residencia, y que la ausencia de parte del personal en los centros de trabajo puede dar pie precisamente a la realización de tareas mucho más reales e interesantes.

  • ¿Jornada completa o jornada partida? En principio es preferible la jornada completa porque facilita la integración del estudiante en la normal dinámica de trabajo del centro.

  • ¿Prácticas desplazado o en el lugar habitual de residencia? Conocer otros ambientes, otros lugares y contextos es siempre más enriquecedor que realizar las prácticas en la localidad en la que uno reside habitualmente. Mucho mejor todavía si las prácticas son en el extranjero, algo que va siendo cada vez más habitual. No hay que olvidar que la buena disposición para la movilidad geográfica es uno de los factores más tenidos en cuenta hoy en día en los procesos de selección, y no hay mejor argumento para convencer de nuestra buena disposición para “hacer las maletas” que haberlas hecho ya, por voluntad propia, en la etapa de estudiante. En países como Francia, Alemania o el Reino Unido las prácticas están arraigadas desde hace décadas y gozan de amplio prestigio social, por lo que no es extraño recibir una respuesta positiva a una petición de prácticas cursada desde el extranjero, siempre que el candidato tenga un nivel adecuado de idiomas. También en esta Guía encontrarás información y pistas para dar este salto.

  • Uno de los puntos más delicados se refiere a las tareas y funciones que el estudiante puede desempeñar durante las prácticas. Por ello, y pensando en la calidad y aprovechamiento de la experiencia, es importante tener las ideas claras: a) el fin fundamental de las prácticas es completar la formación del estudiante; b) para que esta mejora sea significativa, es necesario que se implique activamente durante la estancia –hacer prácticas “pasivas” es un contrasentido en sí mismo– y que lo haga en tareas adecuadas a su nivel de formación, no en cualquier cosa. Pero no cabe ser ingenuos: si los estudiantes van a las empresas a hacer prácticas es porque no poseen todavía suficiente experiencia, por lo que no deben esperar que de entrada se les confíen grandes responsabilidades (aunque de eso a pasarse un par de meses haciendo fotocopias hay un largo trecho…). Los estudiantes no deberían rechazar de entrada tareas de bajo nivel o cualificación; también los titulados sin experiencia comienzan en esos escalones y no hay nada deshonroso en ello. Es sencillamente una cuestión de cantidad: el tiempo que se dedique a tareas puramente rutinarias y de escaso valor formativo debe estar limitado y tender a reducirse conforme avanza la estancia. Al tiempo, el estudiante debe aprovechar cualquier oportunidad para ganar la confianza de las personas que le tutelan y conseguir que le vayan asignando progresivamente trabajos de mayor dificultad y responsabilidad, eso sí, siempre bajo la supervisión del tutor y del resto de los profesionales.

  • En el caso de estudiantes a punto de acabar la carrera, una buena estrategia consiste en negociar una “misión” para las prácticas; algo que se puede plantear de entrada, o bien transcurrido un cierto tiempo desde el comienzo de la estancia. Podríamos definir la “misión” como un trabajo que pretende dar respuesta a una necesidad insatisfecha de la empresa, que representa o posibilita la solución de un problema y que actúa como el hilo conductor de la estancia, marcando claramente su objetivo u objetivos finales. Hay que tener en cuenta que la empresa es la primera interesada en beneficiarse del potencial de un titulado en ciernes y que la formación de éste no está reñida en absoluto con el hecho de que el estudiante haga algo de utilidad para la entidad que le acoge. En cualquier departamento hay trabajos que se postergan por falta de tiempo, de recursos humanos, o sencillamente por una cuestión de prioridades. Que no sean urgentes no quiere decir que no sean importantes, y he ahí el terreno abonado para definir una o varias misiones para un estudiante en prácticas. En cualquier caso, conviene tener en cuenta que la motivación, la iniciativa y el interés por integrarse en el centro de trabajo son los factores clave para que la primera experiencia en el medio laboral resulte enriquecedora.

  • Si las prácticas forman parte del plan de estudios que se sigue en el centro de enseñanza –es decir, si están integradas en el mismo–, seguramente existirá un profesor encargado de hacer su seguimiento desde la facultad/escuela/instituto, que se encargará de concertar a grandes líneas el programa de trabajo con la empresa, de realizar la supervisión general de la estancia y de evaluar finalmente la actividad, de acuerdo con el tutor en el centro de trabajo. Este profesor puede proporcionar al estudiante valiosos consejos previos a la estancia y durante la misma, por lo que conviene estar en contacto permanente con él.


El momento inicial de las prácticas

Los primeros días de las prácticas son cruciales, ya que en ellos se sientan las bases de lo que será el resto de la estancia. Es frecuente encontrarse con una acogida más o menos estructurada, sobre todo en el caso de grandes empresas que van a recibir un contingente numeroso de estudiantes al tiempo (algo típico del verano). El procedimiento puede ser más o menos así: palabras de bienvenida de algún directivo, presentación formal de la empresa –vídeo, folletos, transparencias–, explicación de las normas de funcionamiento y de seguridad del centro, recorrido por las instalaciones y presentación a los tutores. No obstante, en la mayoría de los casos, la acogida será más informal e improvisada.

En esta fase de primera aproximación a lo que será la estancia, hay que tener en cuenta lo siguiente:

  • Antes de comenzar la estancia, conviene buscar toda la información posible sobre la empresa y el sector en el que opera. Ello denota interés y da la posibilidad de entablar una conversación con las personas que se van conociendo en el centro de trabajo. Para obtener esta información se pueden consultar anuarios, memorias, revistas, páginas web, hablar con alguna persona que trabaje en la empresa o con algún otro estudiante que haya hecho prácticas allí anteriormente.

  • Hay que identificar a la persona que actúa como gestor o coordinador de prácticas en la empresa, pues será quien podrá presentar al estudiante a las personas-clave y se ocupará de todos los trámites burocráticos, como la firma del convenio, los papeles del seguro, el cobro de la beca, el alojamiento –en su caso–, etc. En las empresas de gran tamaño el coordinador o gestor de prácticas suele ser un responsable o técnico del departamento de recursos humanos.

  • “Donde fueres, haz lo que vieres”; conviene fijarse en cómo viste la gente y “tratar de confundirse con el medio” (sin perder la personalidad propia, naturalmente). No se trata de disfrazarse, sino de adoptar los modos imperantes, que pueden ser muy distintos si las prácticas tienen lugar en una empresa consultora, en una plataforma petrolífera o en un periódico, por ejemplo. Lo dicho respecto de la apariencia vale también para otras conductas como las relativas a las costumbres horarias, las paradas para descansar, celebraciones, ritos, etc.

Una vez aterrizados en el centro de trabajo, la primera tarea importante es concretar el plan de trabajo de las prácticas. Si es preciso, habrá que tomar la iniciativa sobre esta cuestión, aunque de forma prudente, para que la estancia se encauce correctamente. No es esperable una gran ayuda externa en este punto, puesto que el profesor asignado para realizar el seguimiento de las prácticas probablemente no conozca en detalle el puesto al que se haya podido destinar al estudiante y normalmente se resistirá, sabiamente, a decir lo que hay que hacer “en corral ajeno”. El tutor en la empresa, por otro lado, tendrá, lógicamente, otras prioridades e incluso es posible que carezca de los conocimientos necesarios para hacer una programación didáctica más o menos “ortodoxa”. Así que será el propio estudiante quien deberá asumir un cierto protagonismo, como principal interesado, e ir dando sucesivamente los siguientes pasos:

  • Hacer un somero diagnóstico inicial de la situación: ¿cuál es la situación de partida?, ¿qué conocimientos poseo y cuáles son mis intereses profesionales?, ¿qué pretendo conseguir a través de las prácticas?, ¿qué puedo aprender?, ¿qué otros objetivos podría lograr gracias a la estancia? ¿Cómo es el departamento al que estoy adscrito? (sin perder de vista el contexto global en el que se encuentra inserto, es decir, el centro de trabajo, la empresa y el entorno) ¿qué problemas y situaciones maneja?, ¿qué técnicas y procedimientos pone en práctica?, ¿qué competencias se requieren para el personal del departamento en sus distintos niveles?

  • Fijar los objetivos de la estancia. Nos referimos ahora a los objetivos concretos y operativos, dado que los generales para esta actividad estarán ya fijados en el plan de estudios de la titulación. Han de redactarse utilizando verbos de acción y tratando de describir lo que el estudiante será capaz de hacer al finalizar las prácticas. Han de ser realistas y alcanzables. Cada objetivo general puede desglosarse en algunos específicos, a modo de pasos intermedios.

  • Hacer una previsión de actividades con asignación de tiempos. Se trata en este paso de especificar las actividades que el estudiante llevará a cabo para alcanzar los objetivos pretendidos, especificando el momento en que se realizarán y su duración: para alcanzar tal objetivo, se hará tal y tal cosa, en tal momento y durante equis tiempo. Puede ser útil plasmar gráficamente el resultado de esta fase en un cronograma.

  • Prever momentos para evaluar regularmente la marcha de la estancia. Evaluar es comparar lo conseguido con los objetivos fijados. La evaluación debe realizarse con la ayuda del tutor, del profesor encargado del seguimiento de las prácticas, y también por uno mismo (autoevaluación). Por supuesto, la evaluación ha de realizarse al finalizar las prácticas, pero también durante su desarrollo, para comprobar si se producen desviaciones y, en su caso, tomar las medidas correctoras adecuadas. Es fácil ser “engullido” por la trepidante actividad laboral (ya se sabe, lo de los árboles y el bosque), por lo que se hace necesario buscar momentos para la reflexión y el análisis. Una buena costumbre es tomar notas sueltas sobre la marcha y, aprovechando algún momento de tranquilidad, durante la jornada o a su conclusión, someterse a la disciplina de escribir un diario de prácticas, lo que nos obliga a pensar sobre lo vivido y a llegar a conclusiones formativas.

La experiencia nos demuestra que la calidad de las prácticas depende en gran medida de la actitud del estudiante. Debe mostrarse interés y curiosidad, preguntar y preguntarse el porqué de las cosas (aunque el estudiante no debe actuar como un encuestador y menos como un espía). Cuando ya se haya adquirido una mínima confianza, puede ser conveniente atreverse a formular alguna sugerencia de forma prudente y cortés. Una de las ventajas del estudiante en prácticas sobre los trabajadores habituales es su mirada nueva y desprejuiciada sobre los hechos y las cosas que le rodean, lo que puede dar lugar a ideas sencillas y geniales, otra es que todo el mundo le perdonará que se muestre ingenuo o que “meta la pata”.

Uno de los puntos fuertes de gran parte de los estudiantes, si los comparamos con los profesionales experimentados, es su nivel de conocimientos en idiomas e informática, que supera en muchas ocasiones al que poseen los propios tutores. Es, por tanto, un terreno en el que podrán compensarles por el tiempo que les dedican, siguiendo una dinámica de intercambio basada en una máxima que conviene tener presente a lo largo de toda la estancia: “yo gano - tú ganas”.

Hacer caso de las indicaciones que se le formulen invitará a los demás a prestar atención al estudiante en prácticas y a interesarse por la buena marcha de su estancia. Es mucho más difícil, y por lo general se agradece más, encontrar una persona con capacidad de escucha, que encontrar a quienes, como suele decirse, “ponen la lengua en movimiento antes de poner el cerebro en funcionamiento”.


El tutor como figura clave de las prácticas

Si hay una persona clave para el éxito de las prácticas, esa persona es, sin lugar a dudas, el tutor o tutora. Qué es, ¿un profesor particular, un jefe, un colega, un modelo? ¿O quizás un poco de cada una de esas cosas? Dependerá también de su forma de ser, de su posición en la organización y de la relación que el estudiante sea capaz de establecer con él. En todo caso, lo normal es que se trate de una persona formada, experta y acostumbrada a tutelar a estudiantes en prácticas.

El tutor es quien asume las funciones de transmisor de conocimientos y guía en el aprendizaje que en el centro de enseñanza desempeñan los profesores. Toma a su cargo al estudiante, le acoge, le ayuda a integrarse en la organización y le tutela a lo largo de su recorrido de formación.

Las peculiaridades de esta figura residen en que se trata de un “docente” atípico y circunstancial, con dedicación a tiempo parcial a esta tarea, normalmente sin formación específica para desempeñar el rol de formador y que adopta esta función de forma superpuesta y subsidiaria a su trabajo cotidiano.

Por suerte, y para facilitar las cosas, en muchas ocasiones el tutor es un titulado de la misma especialidad que el estudiante, lo que proporciona a ambos un lenguaje común. Pero si no fuera así no debe verse como un problema, la realidad es interdisciplinar, sin compartimentos estancos, y cuanto antes nos acostumbremos a trabajar con profesionales de otras especialidades, mejor.

El estilo del tutor se refleja en la forma en que organiza el trabajo del estudiante y en las tareas que delega o comparte con él. En este sentido, se podrían identificar una infinidad de tipos de tutores en las empresas, casi tantos como el número de personas que asuman este papel.

Naturalmente, las actitudes del tutor tienen reflejo en la manera de sentirse el estudiante durante las prácticas. A veces –afortunadamente pocas– los estudiantes se quejan de la relación con el tutor, y suelen atribuir estas quejas a dos causas:

  • La ausencia de objetivos para las prácticas y de tareas concretas para realizar (lo que provoca desorientación y sentimiento de inutilidad), o, en el extremo contrario, mucho menos frecuente, que al estudiante se le asignen tareas propias de un profesional, lo que puede producir un sentimiento de agobio por el exceso de responsabilidad, y en última instancia, de bloqueo (temor a errores importantes y desconfianza hacia la propia competencia).

  • La escasa disponibilidad o poca atención recibida por parte del tutor (lo que provoca temor a intervenir para no entorpecer asuntos importantes, sensación de ser una carga, en definitiva, de estorbar).

No obstante, es de justicia reconocer que los tutores resultan, en general, muy bien valorados en las encuestas que habitualmente se realizan a los estudiantes que hacen prácticas.

En resumen: establecer una buena relación con el tutor es básico para el aprovechamiento de la estancia. Hay que observar cómo actúa, escucharle, preguntarle y procurar “pegarse” a él siempre que sea posible, aunque tratando de ser una ayuda.


Analizar el entorno laboral y las condiciones de trabajo

A lo largo de la estancia el estudiante tiene ocasión de ir conociendo paulatinamente la empresa donde está: su forma jurídica, los productos que fabrica o los servicios que proporciona, sus mercados, clientes y proveedores, sus parámetros más característicos (volumen de negocio, número de empleados, situación financiera, etc.), y su estructura y organigrama. Realizar unas prácticas es también una ocasión privilegiada para descubrir la cultura de la empresa. Los siguientes aspectos pueden servir como guión básico para llevar a cabo una observación crítica de los puestos de trabajo:

  • El tiempo de trabajo (jornada, horario, descansos, vacaciones).

  • El entorno físico del puesto.

  • La actividad física y mental.

  • La seguridad y la prevención de riesgos laborales.

  • La organización del trabajo y el reparto de tareas.

  • El estilo de relaciones, de dirección y de comunicación

  • La política de calidad.

  • La cualificación y la formación permanente.

  • Las remuneraciones y otras ventajas.

  • El entorno social y cultural del trabajo.

  • Las instancias de representación y de expresión colectiva de los trabajadores.

También se puede analizar el puesto de trabajo del tutor (no su desempeño, que es algo que no corresponde al estudiante), observándolo como un puesto similar al que podrá ocupar el estudiante en el medio plazo:

  • Qué funciones y tareas desempeña.

  • Qué medios técnicos y recursos utiliza para la ejecución de las tareas.

  • Qué competencias requiere el puesto (conocimientos, habilidades, capacidades, actitudes).

  • A quiénes y cómo rinde cuentas, quiénes son sus colaboradores.

  • Cuáles son las relaciones formales e informales que establece con otros puestos y departamentos

  • Cuáles son las reglas, consignas y procedimientos operativos definidos por la organización del trabajo que afectan al puesto.


El informe o memoria final

El objetivo principal de las prácticas no es adquirir más conocimientos de tipo académico, pues para eso ya está el centro de enseñanza, sino tomar un primer contacto directo con el medio profesional y los aprendizajes que de esta experiencia de inmersión se derivan. El cuaderno o diario de prácticas, al que nos referíamos en un apartado anterior, así como el informe o memoria final, son las herramientas básicas para hacer la “explotación” pedagógica de la estancia. Cuando las prácticas tienen reconocimiento académico, es frecuente que este tipo de documentos sean exigidos por la facultad/escuela/instituto para evaluarlas, y que, en consecuencia, se proporcione a los estudiantes orientaciones concretas sobre cómo elaborarlos. En cualquier caso, aunque el centro de enseñanza no obligue a realizar un informe final sobre las prácticas, es de todo punto recomendable –y rentable, desde el punto de vista del aprendizaje–, realizar el esfuerzo de trasladar las impresiones, las observaciones y los pensamientos desde la cabeza al papel.

Los informes de prácticas pueden responder básicamente a dos planteamientos:

  • Los informes tipo “rendición de cuentas”. Es el tipo más frecuente: el estudiante relata lo que ha hecho y describe todo lo que ha podido “descubrir”, de interés para su formación, en la empresa. Son informes descriptivos.

  • Los informes cuya elaboración y contenido son el objetivo fundamental de la estancia. Son el producto final de las prácticas que tienen asignada una “misión”, a las que nos referíamos anteriormente. Este tipo de informes pueden llegar a ser auténticos trabajos de asesoría o consultoría en los que se detectan y diagnostican problemas, se analizan datos y se proponen soluciones. Evidentemente, este tipo de informes, que solamente pueden ser acometidos por estudiantes de cierto nivel y próximos a titularse, son de gran interés para las entidades en las que se llevan a cabo las estancias. Un ejemplo de ellos son los proyectos o trabajos de fin de carrera que realizan, como colofón de los estudios, los alumnos de ingeniería.

En cualquier caso, el informe no debe tener un carácter exclusivamente técnico, sino que debe incluir también una parte que podríamos denominar “socioempresarial”, centrada en el análisis del entorno y las condiciones de trabajo a que nos referíamos en el apartado anterior. A menudo los informes se asemejan a compilaciones de documentación técnica obtenida en la empresa, dejando de lado la aportación de testimonios y reflexiones sobre la realidad humana vivida en el centro de trabajo, siendo éste precisamente el material preferente para la explotación pedagógica de las prácticas. El informe, por tanto, debe también hacer referencia, y analizar, las situaciones encontradas, los conocimientos y habilidades puestos en práctica, los aprendizajes hechos, etc.

Desde un punto de vista formal, el informe de prácticas debe responder a un planteamiento similar al de los informes de carácter profesional, en lo que se refiere a estructura, estilo y presentación.

Veamos de forma muy sintética algunas pautas para confeccionarlo:

  • El informe debe ser lo más claro, concreto, corto y riguroso posible.

  • El informe se concibe como una forma organizada de comunicar información útil para resolver un problema o para tomar una decisión (por ejemplo, la que se refiere a la calificación de las prácticas...).

  • Las etapas para la resolución de un problema se pueden aplicar a la elaboración del informe: detectarlo y definirlo, escoger un método para su estudio, reunir información y analizarla, y llegar a una conclusión. La estructura del informe podría, pues, ser la siguiente: introducción, determinación del problema, descripción del método de estudio utilizado y fuentes consultadas, datos obtenidos e información recopilada, conclusiones y recomendaciones. Dicho de otra forma, se trataría que responder a las siguientes cuatro preguntas: ¿cuál era el “problema”?, ¿qué es lo que hemos hecho en relación con el mismo?, ¿qué es lo que ello nos muestra?, ¿entonces?

  • El cuerpo principal del informe debe incluir los siguientes elementos: portada, índice, resumen y abstract (resumen en inglés), introducción, capítulos, conclusiones, recomendaciones y referencias bibliográficas. En los anexos se incluye aquello que es demasiado largo o demasiado técnico. Los títulos, tanto del propio informe como de los capítulos y secciones, deben ser lo más cortos e informativos posible.

  • La composición del informe –márgenes, división del texto, títulos, tablas, gráficos, diagramas, apéndices, interlineado– debe hacerse siguiendo tres criterios: favorecer la claridad, aportar buena presencia y facilitar el trabajo de confeccionarlo (comodidad del redactor).

  • Es imprescindible, si se quiere conseguir un resultado de cierta calidad, redactar un borrador del informe; es muy poco productivo tratar de escribir y corregir al mismo tiempo. La revisión del borrador se concretará en abreviar.

  • En cuanto al estilo, es preferible la frase corta a la frase larga, aunque es conveniente alternar unas y otras. Es preferible también la palabra usual –que no vulgar–, a la rebuscada, y la voz activa a la pasiva.

  • Hay que tener muy en cuenta que algunas de las informaciones a las que se pueda tener acceso durante las prácticas pueden ser confidenciales; en caso de duda conviene consultar al tutor y pedir autorización para incluir estas informaciones en el informe. Conviene, como precaución adicional, pedir el visto bueno del tutor, incluso por escrito, antes de presentar el informe en el centro de enseñanza.

  • El informe no es algo secundarios. El informe refleja la calidad del trabajo realizado. Unas buenas prácticas pueden echarse a perder, desde el punto de vista de la calificación académica, por un mal informe.

  • Es (buena) costumbre hacer explícitos los agradecimientos al comienzo o al final del informe, citando a las personas que más han ayudado al estudiante durante la estancia.


Conclusión de la estancia

Unos últimos consejos al llegar el momento de la despedida:

  • Al finalizar el periodo de prácticas la empresa debe expedir un certificado en el que quede constancia de las fechas en las que ha tenido lugar la estancia, la temática sobre la que ha tratado o contenido de la misma y las funciones y tareas concretas que ha desempeñado el estudiante. Es importante conservar este documento para el currículum vitae, pues acredita la principal experiencia profesional a la salida del centro de enseñanza. Es conveniente que no solamente tenga un carácter descriptivo, sino también valorativo (siempre que la valoración sea buena, claro...).

  • Algunos centros de enseñanza solicitan a las empresas una valoración de las prácticas según unos criterios preestablecidos que se plasman en cuestionarios construidos ad hoc. Una vez calificada la actividad, suele ser posible recuperar el original de ese documento para añadirlo también al CV.

  • Si el informe de prácticas va a ser objeto de una presentación oral, o defensa, en el centro de enseñanza, no hay que olvidar invitar a asistir a la misma a las personas con las que el estudiante haya tenido más relación durante la estancia (empezando por el tutor, naturalmente).

  • Antes de despedirse en la empresa, conviene preguntar a las personas que hayan supervisado la estancia, y muy especialmente al tutor, si tendrían inconveniente, llegado el caso, en proporcionar referencias en un proceso de selección. Lógicamente, conviene conservar todos los datos del tutor pensando en tal eventualidad (teléfono, e-mail, dirección postal). El tutor en la empresa es también la persona idónea para redactar una carta de recomendación, si es requerida para un trabajo o para una beca de postgrado, por ejemplo.

  • Es un buen detalle enviar una carta de agradecimiento a las personas que más ayudaron al estudiante durante las prácticas, junto con una copia del informe sobre las prácticas presentado en el centro de enseñanza.
     

Javier García Delgado
Doctor en Pedagogía
Profesor Titular de la Universidad Politécnica de Madrid
Coordinador de Prácticas en Empresas 

 
 
 


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